Gabriela Mistral — poetisa chilena.

Posted on Actualizado enn

Lucila Godoy, conocida mejor como Gabriela Mistral, nació en Vicuña en 1889 y murió en Nueva York en 1957.  Gabriela encontró la desgracia desde niña. Su padre, un maestro rural, abandonó el hogar a los tres años del nacimiento de Gabriela.  Su difícil niñez  la pasó en uno de los parajes más desolados de Chile. Hoy en día, Vicuña —un pueblo en el norte de Chile- es conocido por sus distelerías de pisco (un tipo de brandi hecho de uvas)  y por el Cerro Tololo Inter-American Observatory que queda a unos 9 kilometros del pueblo. Es una zona desértica, de días y noches sin nubes.    
Su desgracia no acaba con el abandono de su padre.  A los 17 años, se enamora de un modesto empleado de ferrocarriles, que por causas desconocidas se suicida al poco tiempo. Seguramente, que de la enorme impresión que le causó aquella pérdida surgieron sus primeros versos importantes. Gabriela publicó sus primeros verso cuando tenía 15 años, pero fue 10 años más tarde que obtuvo su consagración poética en los juegos florales de la capital de Chile.  Sus versos ganadores en esa ocasión fueron publicados por el instituto de las Españas de Nueva York en su libro Desolación (1922). Fue maestra, y diplomática.  En 1945 recibió el premio Nobel de literatura.  Su obra poética fue influenciada por Amado Nervo, Frédéric Mistral (de quién tomó el seudónimo) y Rubén Darío. Los siguientes poemas son tomados de una versión reciente de su libro Desolación, publicado por la editorial Andrés Bello.

Balada de la estrella

Estrella, estoy triste.
Tú dime si otra
como mi alma viste.
—Hay otra más triste.
—Estoy sola, estrella.
Di a mi alma si existe
otra como ella
—Si, dice la estrella.
—Contempla mi llanto.
Dime si otra lleva
de lágrimas manto.
—En otra hay más llanto.
—Di quién es la triste,
di quien es la sola,
si la conociste.
—Soy yo, la que encanto,
soy yo la que tengo
mi luz hecha llanto.

La mujer fuerte

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,

mujer de saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.
Alzaba en la taberna, honda la copa impura
el que te apegó un hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
caía la simiente de tu mano, serena.
Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.
Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara

¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s