Rubén Darío — Poeta Guatemalteco

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La historia de muchos  poetas famosos está siempre llena de tragedias y conflictos.  No es para menos la del poeta Rubén Dario, quien de chico prefirió llamarse Félix Rubén Ramírez aun cuando sus padres fueron Rosa Sarmiento y  Manuel García —quienes tuvieron un matrimonio de conveniencia y de disgustos.  El nombre Ramirez es el de un familiar quien lo acoge en su familia como hijo cuando los problemas de Rosa y Manuel acaban con su propio matrimonio. El nombre literario de Rubén Dario lo tomó el poeta porque su familia era conocida por el apellido de un abuelo, “la familia de los Darío.”

Como otros poetas, Rubén fue un precoz versificador infantil. Sabía leer a los tres años, y a los seis empezó a devorar los clásicos que halló en la casa; a los trece ya era conocido como poeta, y a los catorce concluyó su primera obra.  Una buena fuente de detalles de su vida y su obra se encuentra en  Biografías y Vidas — La Enciclopedia Biográfica en Linea.

Los poemas de Rubén Darío tienen una cadencia que calma al espíritu y una sonoridad que alegra al oído — como lo demuestra su poema Sonatina, favorito mío.

Sonatina

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de
Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina,
quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
¡Calla, calla, princesa – dice el hada madrina,
En caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!
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