Cada Navidad un melodrama

Posted on

CreditDavid Gonzalez/European Pressphoto Agency

MADRID — En mi pesebre particular, la novia de Shrek acaba de parir a Yoda, que es el Niño Jesús; San José es la Sirenita y una serie de pitufos hacen las veces de Reyes Magos. Cada año me digo que no haré un pesebre pero a última hora me animo y echo mano de los juguetes que encuentro por la casa. Siempre lo achaco a mi falta de compromiso con las festividades o a cierta desidia más o menos asumida, pero me engaño.

Creo que llevo años haciendo nacimientos posmodernos porque durante mi infancia en Perú, la ficción de lo sagrado transcurrió en paralelo con la ficción, acaso más tangible, de lo familiar. Cada figurita tenía su lugar. Y yo creí en ellas con la misma intensidad con la que un niño abraza la fe de sus padres. Mientras los míos, ateos-marxistas-leninistas, se burlaban con distancia revolucionaria de los dioses y sus inmaculadas concepciones, alimentaban al mismo tiempo la idea del núcleo familiar como lo verdaderamente santo, la institución verdadera. Solo el tiempo se encargaría de desenmascarar ambos relatos.

Porque yo me crie en un lugar donde cada Navidad es un apocalipsis. Donde las 12 de la noche del 24 de diciembre es el momento culminante de un año de desencuentros. Como en una película de Dogma, pero tropical-mesoandina, las turbias relaciones entre los miembros de la familia salen a la luz en el preciso momento en que las manecillas del reloj tocan la cima. Nos abrazamos, pero dentro de cada abrazo hay una historia no contada, una épica cotidiana.

Es el momento en que confirmas que tu padre se come el pavo demasiado de prisa, no vaya a ser que se le enfríe el plato en otra mesa. La noche en que tu tía llora en secreto por los hijos que perdió por culpa de su alcoholismo. El instante en que tu primo anuncia que está luchando contra el cáncer. La cena en que tu hermano, agobiado por las deudas, vuelve a casa. La ocasión de decirle sin decirle a tu pareja, con un beso frío, que es el fin. Porque cada festividad es una invitación a la catarsis.

Por eso mi primera Navidad en España me dejó fría. No fue el hecho de que realmente hiciera frío y de que aquello me acercara un poco más a los paisajes nevados de pinos y trineos de las navidades de Hollywood, a la blanca Navidad, eso que en el cálido hemisferio sur es solo otra entelequia. No, lo que realmente me heló la sangre fue la ausencia absoluta de melodrama navideño. Aquella vez, cuando dieron las 12, no estallaron de júbilo al unísono: todos siguieron cenando como si nada, sin cuenta atrás, sin abrazos, sin punto climático.

Entre nosotros, familia, religión, telenovela y política siempre han sido parte de la misma liturgia exacerbada de fin de año.

Si la Navidad hubiera ocurrido en Latinoamérica se llamaría El derecho de nacer, como esa célebre telenovela con sus 190 episodios de propaganda antiabortista. Mientras esperábamos que llegaran las 12 de la noche alrededor de la televisión encendida, en cada casa escenificábamos la sagrada familia en vías de desarrollo. Con nuestros pesebres de economía inflacionaria, en medio de los apagones provocados por los ataques terroristas de Sendero Luminoso y con una estrella oscura guiándonos hacia un futuro incierto, podíamos haber confundido cualquier cosa con el espíritu santo, incluso un pavo al horno.

En nuestro culebrón particular, tampoco se sabía cómo había quedado embarazada la chica, pero iba a tener al niño en nombre de Dios; el padre en realidad no era el padre y el hijo un día crecería y se convertiría en algún tipo de agitador continental. En Nochebuena, atizado el fuego, convenientemente alimentada la presión, crecían los silencios incómodos y ya estábamos gritándole a alguien “maldita lisiada” o “Marisela, vete al infierno” o algo parecido. Quizá no sea un dato superfluo que durante las fiestas aumenten las muertes en Latinoamérica. Este año el pronóstico es reservado.

Tal vez a los que fuimos niños de la Navidad nos convenga ahora asumir que los verdaderos misterios están debajo del pesebre, como el polvo debajo de la alfombra.

El año próximo habrá igual número de pasiones y traiciones, mantras afónicos y plegarias no atendidas. Y volverá a ser medianoche en nuestro Belén si no desacralizamos la familia a sangre fría, si no cambiamos el relato de la pareja bíblica, si no jugamos un poco más con las figurillas de yeso, si no las intercambiamos de lugar, de rol, de dimensión. Si no intentamos dar paso a los nuevos relatos, a otras ficciones menos rígidas.

Este es un mundo en el que Papá Noel te va a traer de regalo una mochila antibalas o no va a llegar a tiempo. En este culebrón globalizado acaba de bajar Trump por la chimenea. Mientras tanto, los niños de Alepo encienden fósforos en la noche de las pesadillas humanas. Otra Navidad sin Dios, haciendo catarsis en la televisión de la vida en familia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s