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Es que somos muy pobres — Juan Rulfo

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Gentes que viven en zonas rurales y en pueblos pequeños sufren de la escasez de recursos, de las limitadas o no existentes fuentes de trabajo y de no tener muchas de las conveniencias económicas y sociales o la infraestructura que existen en ciudades.  Esto ocurre en todas partes del mundo, en los países avanzados y en los muy atrasados. Hace diez años cuando mi esposa y yo fuimos a caminar al Camino de Santiago en España encontramos pueblos abandonados por la gente joven quienes se habían marchado en busca de mejores vidas a las ciudades.  De Japón me han dicho que los granjeros buscan esposas de otros países menos desarrollados porque las jóvenes japonesas se han ido a las ciudades y no quieren vivir en el campo.  Figurativamente, se podría decir que si por los países ricos llueve por los países pobres no escampa.

La pobreza de los campesinos en países de América Latina es tan grande que sus futuros cuelgan de un hilo.  Esa es la triste historia que Juan Rulfo magistralmente creó en Es que Somos muy Pobres en su libro de cuentos El Llano en Llamas.  Es una historia simple, contada por un chico, de como el desbordamiento del río que pasa cerca de su casa va a arruinar las perspectivas futuras de su hermana menor.  El río se ha llevado la vaca, y posiblemente su becerro, que el papá le había dado a la hermana, para que cuando esta creciera tuviese la oportunidad de que alguien estuviese interesado en casarse con ella y de poseer la vaca.  Pero ahora el río se ha llevado la vaca y parece que el futuro de la hermanita es tan negro como el de las dos hermanas mayores que se han convertido en pirujas (prostitutas).  La única esperanza es que al becerro no se lo haya llevado el río … La capacidad de Juan Rulfo de lidiar con estas historias tan tristes y su hábil uso del lenguaje para describirlas tan acertadamente es una fortuna para nosotros sus lectores.

Es que somos muy pobres

Aquí todo va de mal en peor.  La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa.

Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Esa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada deTacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

Bogotanismos …

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Así dice la Wikipedia de Bogotá, la capital de Colombia:

Bogotá ha sido llamada “La Atenas Sudamericana”, apodo que se fortaleció a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, por iniciativa del escritor español Marcelino Menéndez Pelayo, debido a la gran admiración que tenía por los filósofos colombianos, entre ellos Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro. La ciudad dispone de una amplia oferta cultural que se ha incrementado considerablemente en las últimas décadas, además de ser la sede de importantes festivales de amplia trayectoria y reconocimiento nacional e internacional.

Interesado en los modismos de Bogotá y en gran parte también de la región de Boyacá, donde nací, encontré el “Diccionario de Bogotanismos” escrito por Luis Alberto Acuña en 1983.  Este me llevó entonces a  encontrar el Bogotálogo, de más reciente publicación,  que es una extensión de los bogotanismos y de todo lo relacionado con Bogotá.  Estos dos trabajos son de gran interés no solo por la lexicografía de esa región sino por las asociadas reseñas históricas y sociales.  Los rolos, como se les dice a los bogotanos, han proyectado su vida cotidiana en un lenguaje que es muy divertido.

El autor Acuña en el prólogo deja en claro que él no es no es un profesional en filología, pero más bien un

… individuo común … que se dio un buen día el pasatiempo de recoger y coleccionar modismos y curiosidades lexicográficas propias del habla popular bogotana.

Un detalle que me interesó en el diccionario fue el uso de verbos.  La siguiente es una lista alfabética de ejemplos curiosos (he modificado en algunos casos la definición o el ejemplo dado por Acuña):

  • Apestado — resfriado, “con este frío y yo que estoy apestado”
  • Arrastrar el ala — requerir amor, “José le anda arrastrando el ala a la Marujita”
  • Caer — llegar, “apenas tenga un tiempito por allá les caigo”
  • Cargar con el muerto — sufrir las consecuencias, “sin haber hecho nada, le cargaron el muerto al pobre Saúl”
  • Coger marrano — aprovecharse para engañar, “me cogieron de marrano y me tocó que pagar por todo”
  • Dar caramelo — dilatar, demorar dando varias promesa, “yo no creo que voy a recibir el empleo, me están dando caramelo”
  • Dar vuelta — vigilar, “mañana voy a la hacienda para darle vuelta al ganado”
  • Dárselas de café con leche — creerse mejor que otros, “a Roberto le encanta dárselas de café con leche, aunque no es ni café ni leche”
  • Echar en saco roto — olvidar lo prometido, “un día nada más y ya está echando en saco roto todo lo que me dijo”
  • Echar paja — decir mentiras, exagerar , “Juan echa solo paja, no se le puede creer nada”
  • Echar vainas — decir cosas enojosas, “pare de echar vainas, ya está bien”
  • Embejucarse — enojarse, “no se embejuque por tan poca cosa”
  • Estar al hilo — entenderse, “Rosita y yo estamos al hilo”
  • Estar con sus copas — estar ebrio, “Pablo está con sus copas, no le ponga cuidado”
  • Estar fregado — estar arruinado, enfermo o desacreditado, “Pedro está fregado con tantas deudas y sin dinero”
  • Estar grave — estar muy enfermo, “Mi padre está muy grave, no pasará de hoy”
  • Hacer cocos — aparecer y desaparecer brevemente, por timidez o coquetería, “Juan le esta haciendo cocos a Marujita, que raro.”
  • Irse a la porra — equivalente a ‘váyase’, “No me moleste más,  váyase a la porra”
  •  Irse al otro toldo — morirse, “Don Antonio se fue para el otro toldo la semana pasada; bueno, él ya estaba muy viejito”
  • Jalarse — emborracharse, “Mi marido es muy bueno conmigo cuando se jala”
  • Levantar — hallar, conseguir, “Ojalá Jairo levante algo pues está muy fregado”
  • Levantar tierrero — incitar a reñir, “Cuando Gabriel está jalado, le gusta levantar tierrero por cualquier cosa”
  • Mandarse un tiro — tener una ocurrencia feliz, “Miguel se mandó un tiro increíble”
  • Meter su vaciada — reprimir en terminos injuriosos, “el jefe me metió mi vaciada después de mi error”
  • Parar bolas — poner cuido, “Niño párenme bolas, no se lo voy a repetir”
  • Pasar aceite — estar en salud muy precaria, “Mi abuelo comenzó a pasar aceite desde entonces”
  • Poner pereque — molestar, “No me ponga pereque, tengo mucho trabajo”
  • Quedar como allá afuera — ponerse en ridículo,  “Después de las tonterías que dijo, Pedro quedó como allá afuera. Quedó muy mal”
  • Quedarse en veremos — aplazar algo indefinidamente, “El viaje quedó en veremos después de saber que no había dinero para hacerlo”
  • Rajar — desaprobrobar, “el profesor rajó a diez y pasó a dos solamente”
  • Sacar la piedra — enfadar, “me sacó la piedra con lo que me dijo”
  • Salir como pepa de guama — salir expulsado, “el pobre Manuel salió como pepa de guama después de lo malo que hizo en su trabajo”
  • Ser perro — ser corrompido, malo, “a ese hombre hay que tenerle cuidado, es muy perro”
  • Tener donde caer muerto — poseer finca raíz, “si uno tiene donde caer muerto, el resto es secundario”
  • Tener palito — contar con amigos influyentes, “Carlos tiene palito en la gobernación”
  • Tomar las onces — comer un bocado antes del almuerzo o la comida, “hoy no tuve tiempo ni para comer mis onces”
  • Velársela — obstinarse en causar enojo a alguien, “mi jefe me la tiene velada, no me deja un momento libre”

¿Masculino, Femenino o Neutro?

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¿Cómo se puede entender la asignación de género a sustantivos inanimados en español? Esta  ha sido una pregunta que mi esposa, para quien el español no es su lengua nativa, me ha hecho varias veces y a la cual no le he podido dar una buena respuesta.   Ciertamente hay reglas que indican si el género de un término es masculino o femenino, pero las excepciones son tan numerosas que las reglas no  ayudan mucho a personas quienes estén aprendiendo el lenguaje.  Para mí, como hablante nativo, el género es intuitivo en la mayoría de los casos, pero hay algunos en que tengo dudas.  En “Morfología del género en español” y  “Vacilaciones y cambios de género motivados por el artículo”  el investigador lingüístico Ángel Rosenblat proporciona una de la mejores respuestas que he leído sobre la asignación de género a sustantivos inanimados en español. Sustantivos que corresponden a seres animados —humanos y animales— el género y el sexo coinciden.

Como lenguaje indoeuropeo, el español clasifica los sustantivos de acuerdo a su género en masculino o femenino.   Pero como dice Rosenblat

La lengua es en rigor un conjunto de sistemas, complejo e inestable.

La semántica, o el significado de la palabra, el buen sonido (eufonía), la forma de la palabra  (morfología) y la evolución de la lengua determinan el género de las palabras que se usan hoy,  que puede cambiar mañana y que no es el mismo de ayer.  Muchas palabras en español se derivan del latín y del griego, principalmente, y de otros idiomas. Tanto el origen, como el uso y el abuso que todos los idiomas sufren determinan el género asignado a términos que no tienen sexo.  La principal regla es que los sustantivos terminados en ‘o’ son masculinos, y los terminados en ‘a’ son femeninos.  Pero como indica Rosenblat,

Hay en la lengua un sistema tradicional de oposiciones, de origen en las creencias indoeuropeas primitivas …

que nos dan el sol y la luna, el cielo y la tierra, el fuego y el agua, el cuerpo y el alma, el pie y la mano.

Términos correlativos se presentan juntos …

así tenemos el suegro y la nuera, el sol y la sombra, el papá y la mamá …. Estas palabras se derivan del latín, donde además del masculino y el femenino, el género neutro también existe.  Muchas de estas palabras han cambiado de género en la transición al español y durante su evolución.  La vacilación ha conducido igualmente a diferenciación semántica o de definición, por ejemplo el orden y la orden, el frente y la frente, el cometa y la cometa.  El caso de ‘mano’ terminado en ‘o’ es de interés pues se deriva del latín popular donde era femenino, y pasó al español como masculino pero en diminutivos y aumentativos mano recobra el género femenino como en la manita, la manecita, y  la manaza.  La mano es el opuesto del masculino el pie.   El agua es femenino, pero por eufonía no se puede decir la agua dado que el ‘a’ inicial de ‘agua’ esta acentuada y no sonaría bien.   Igualmente, es el alma y no la alma, el hacha y no la hacha.

La derivación del griego de muchas palabras españolas proporciona otro buen número de excepciones a la regla fundamental de masculinos terminan en ‘o’ y femeninos en ‘a’. Es así como palabras de origen griego con las siguientes terminaciones son masculinas:   -ma (el esquema, el reuma, el asma); -ta (el planeta, el cometa); términos científicos terminados en -as, -ax (el borax, el climax); términos de ciencias naturales (el gorila, el mapa, el puma). Muchos de los helenismos, o términos de origen griego, son de uso técnico o culto,  como el coma (sopor), el axioma, el telegrama, el paradigma.

Igualmente hay nombres de ríos, montañas, ciudades, colores, gentilicios y colores terminados en -a que son masculinos  (el Magdalena, el Himalaya, el Gólgota, el Aconcagua, el Titicaca, el persa, el azteca, el inca, el rosa ….).

Como en otros lenguajes, en español es posible crear sustantivos usando verbos y adjetivos. Por ejemplo del verbo admirar se puede obtener el sustantivo la admiración, de narrar se obtiene la narración, y de concluir se obtiene la conclusión.   Con adjetivos la conversión usa el artículo neutro ‘lo’, dando la impresión que el género neutro existe cuando no es así.  El adjetivo malo se convierte en ‘lo malo‘ y de bueno se obtiene ‘lo bueno’  –conceptos abstractos que no son neutros en género.  Igualmente, existen sustantivos que se pueden utilizar como masculino o femenino, por ejemplo estudiante: el estudiante, la estudiante (el género es dado por el artículo), el mar y la mar.

El problema de asignar género es así transferido a determinar el origen de la palabra, convirtiéndolo en circular.  La ansiedad de asignar el género errado se puede disminuir sabiendo que aproximadamente el 60% de los sustantivos en español son masculinos y que el 89% de las sustantivos terminados en -e son masculinos.  Igualmente, es importante saber que aun hablantes nativos cometen errores en el género, y que entre más se incremente el vocabulario con la lectura menos se cometen errores.

El último viaje del buque fantasma —Gabriel García Márquez

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El estilo de escribir varía con el idioma.  Como escritor de publicaciones técnicas, he aprendido a escribir frases y parágrafos cortos, pero no siempre ha sido así — yo aprendí de joven que el español es un lenguaje florido y extendido.  Recientemente, leyendo “How to Create a Mind” de Ray Kurzweil en la introducción el autor cita “El último viaje del buque fantasma”, de García Márquez, como un entretenido ejemplo de la complejidad del lenguaje humano.  Este es un cuento completo que consiste de una sola frase.   Solo la capacidad artística y el dominio del lenguaje de García Márquez puede generar algo como esto …  Este es un cuento corto que hay que leer muy despacio y repetidamente para poder saborearlo. ¡En realidad, el lenguaje humano es complejo!

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

Dichos y Modismos

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En español, como en otros idiomas, refranes o dichos populares y expresiones idiomáticas o modismos son la patina del lenguaje.  Los refranes reflejan la filosofía y la historia de las clases populares, mientras que los modismos presentan una combinación de palabras que figurativamente explican situaciones típicas. Refranes y modismos son vocabulario necesario para poder relacionarse en el trajín cotidiano con parlantes nativos en cualquier idioma, y ayudan a entender la cultura del respectivo país. Desafortunadamente, no son típicamente enseñados.

Más vale tarde que nunca” es un refrán que claramente expone la importancia del tiempo y de obtener el objetivo deseado de las clases populares.    Cuando se quiere indicar que una situación es obvia, un hispano puede decir “A buen entendedor, pocas palabras bastan,” y no es necesario decir más al respecto.  Es una galantería que se le da a personas inteligentes  a las cuales no hay que explicarles mucho.  Igualmente, “A palabras necias, oídos sordos” se dice cuando alguien está diciendo tonterías que no valen la pena oírlas o ponerles cuidado. Se dice que algo está hecho “Al tun tun” cuando la persona que lo hizo no le puso el cuidado necesario a lo que estaba haciendo.  Y cuando se encuentra alguien sin la requerida herramientas o algo que contradice su profesión se dice “Casa de herrero, azadón de palo.”  Estos refranes expresan el sentimiento popular de tratar de ser inteligente en las cosas cotidianas, y de esmerarse en hacerlas bien y de una manera apropiada.

Las expresiones idiomáticas requieren un poco más de interpretación que los refranes.  No es suficiente saber las palabras que componen el modismo, es necesario saber su interpretación. Por ejemplo, “A  puras penas”  significa con mucho trabajo o escasamente como cuando se dice que la persona consiguió algo a puras penas, o cuando se dice que un estudiante pasó el examen a puras penas.  Cuando una persona obtiene alguna posición o éxito y no trabaja o se esfuerza para mejorar, se dice que la persona “se durmió en sus laureles.”  Y cuando en lugar de tratar de mejorar una mala situación, una persona “le echa leña al fuego”  ella está empeorándola.  Si a alguien le “falta un tornillo” esta persona esta diciendo o haciendo cosas insensatas, sin mucho sentido, locuras. “Meter la pata”  es equivocarse, o intervenir en algo inoportunamente.  Cuando uno se enfada,  uno “pierde los estribos.”  Un insulto serio es decir que alguien es “un cero a la izquierda”  (especialmente esto no se le puede decir al jefe, a menos que uno se haya ganado la lotería y no necesite el puesto más) indicando que la persona no tiene influencia o no merece respeto.  Finalmente, “tener el sartén por el mango”  quiere decir estar en comando (parece que los jefes siempre tienen el sartén por el mango).

Por supuesto hay muchos más refranes (vea esta lista de refranes) y modismos (vea esta lista de expresiones idiomáticas).

¡Oh voces silenciosas de los muertos! — José Asunción Silva

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Cuando la hora muda

y vestida de fúnebres crespones,

desfilar haga ante mis turbios ojos

sus fantasmas inciertos,

sus pálidas visiones…

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

En la hora que aterra

no me llaméis hacia el pasado oscuro,

donde el camino de la vida cruza

los valles de la tierra.

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

Llamadme hacia la altura

donde el camino de los astros corta

la gélida negrura;

hacia la playa donde el alma arriba,

llamadme entonces, voces silenciosas,

¡hacia arriba!… ¡hacia arriba!…