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El último viaje del buque fantasma —Gabriel García Márquez

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El estilo de escribir varía con el idioma.  Como escritor de publicaciones técnicas, he aprendido a escribir frases y parágrafos cortos, pero no siempre ha sido así — yo aprendí de joven que el español es un lenguaje florido y extendido.  Recientemente, leyendo “How to Create a Mind” de Ray Kurzweil en la introducción el autor cita “El último viaje del buque fantasma”, de García Márquez, como un entretenido ejemplo de la complejidad del lenguaje humano.  Este es un cuento completo que consiste de una sola frase.   Solo la capacidad artística y el dominio del lenguaje de García Márquez puede generar algo como esto …  Este es un cuento corto que hay que leer muy despacio y repetidamente para poder saborearlo. ¡En realidad, el lenguaje humano es complejo!

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

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Dichos y Modismos

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En español, como en otros idiomas, refranes o dichos populares y expresiones idiomáticas o modismos son la patina del lenguaje.  Los refranes reflejan la filosofía y la historia de las clases populares, mientras que los modismos presentan una combinación de palabras que figurativamente explican situaciones típicas. Refranes y modismos son vocabulario necesario para poder relacionarse en el trajín cotidiano con parlantes nativos en cualquier idioma, y ayudan a entender la cultura del respectivo país. Desafortunadamente, no son típicamente enseñados.

Más vale tarde que nunca” es un refrán que claramente expone la importancia del tiempo y de obtener el objetivo deseado de las clases populares.    Cuando se quiere indicar que una situación es obvia, un hispano puede decir “A buen entendedor, pocas palabras bastan,” y no es necesario decir más al respecto.  Es una galantería que se le da a personas inteligentes  a las cuales no hay que explicarles mucho.  Igualmente, “A palabras necias, oídos sordos” se dice cuando alguien está diciendo tonterías que no valen la pena oírlas o ponerles cuidado. Se dice que algo está hecho “Al tun tun” cuando la persona que lo hizo no le puso el cuidado necesario a lo que estaba haciendo.  Y cuando se encuentra alguien sin la requerida herramientas o algo que contradice su profesión se dice “Casa de herrero, azadón de palo.”  Estos refranes expresan el sentimiento popular de tratar de ser inteligente en las cosas cotidianas, y de esmerarse en hacerlas bien y de una manera apropiada.

Las expresiones idiomáticas requieren un poco más de interpretación que los refranes.  No es suficiente saber las palabras que componen el modismo, es necesario saber su interpretación. Por ejemplo, “A  puras penas”  significa con mucho trabajo o escasamente como cuando se dice que la persona consiguió algo a puras penas, o cuando se dice que un estudiante pasó el examen a puras penas.  Cuando una persona obtiene alguna posición o éxito y no trabaja o se esfuerza para mejorar, se dice que la persona “se durmió en sus laureles.”  Y cuando en lugar de tratar de mejorar una mala situación, una persona “le echa leña al fuego”  ella está empeorándola.  Si a alguien le “falta un tornillo” esta persona esta diciendo o haciendo cosas insensatas, sin mucho sentido, locuras. “Meter la pata”  es equivocarse, o intervenir en algo inoportunamente.  Cuando uno se enfada,  uno “pierde los estribos.”  Un insulto serio es decir que alguien es “un cero a la izquierda”  (especialmente esto no se le puede decir al jefe, a menos que uno se haya ganado la lotería y no necesite el puesto más) indicando que la persona no tiene influencia o no merece respeto.  Finalmente, “tener el sartén por el mango”  quiere decir estar en comando (parece que los jefes siempre tienen el sartén por el mango).

Por supuesto hay muchos más refranes (vea esta lista de refranes) y modismos (vea esta lista de expresiones idiomáticas).

¡Oh voces silenciosas de los muertos! — José Asunción Silva

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Cuando la hora muda

y vestida de fúnebres crespones,

desfilar haga ante mis turbios ojos

sus fantasmas inciertos,

sus pálidas visiones…

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

En la hora que aterra

no me llaméis hacia el pasado oscuro,

donde el camino de la vida cruza

los valles de la tierra.

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

Llamadme hacia la altura

donde el camino de los astros corta

la gélida negrura;

hacia la playa donde el alma arriba,

llamadme entonces, voces silenciosas,

¡hacia arriba!… ¡hacia arriba!…

El Pensador de Rodin – Gabriela Mistral

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Con el mentón caído sobre la mano ruda,

el Pensador se acuerda que es carne de la huesa,

carne fatal, delante del destino desnuda,

carne que odia la muerte, y tembló de belleza.

Y tembló de amor, toda su primavera ardiente

y ahora, al otoño, anégase de verdad y tristeza.

El “de morir tenemos” pasa sobre su frente,

en todo agudo bronce, cuando la noche empieza.

Y en la angustia, sus músculos de hienden, sufridores.

Cada surco en la carne se llena  de terrores.

Se hiende, como la hoja de otoño, al Señor fuerte

que se llama en los bronces… Y no hay árbol torcido

de sol en la llanura, ni león de flanco herido,

crispados como este hombre que medita en la muerte.

Y ¿cuál es su nombre?

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Cuando supe que Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo era la diva peruana Yma Sumac,  entendí la necesidad de su nombre artístico, pero me quedó la inquietud de porqué los nombres de hispanos famosos son tan  largos e igualmente cómo es que escogen seudónimos más apropiados.

Uno de los nombres más reconocidos en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Panamá y Bolivia es tal vez el de Simón Bolívar.  Pero es muy posible que muchas de las gentes en esos países, y por seguro muchas fuera de esos países, no saben que su nombre completo fue Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco. Como un buen aristócrata Venezolano, Bolívar recibió ese largo nombre de sus padres, don Juan Vicente Bolívar y Ponte y doña María de la Concepción Palacios y Blanco.  En España, Bolívar conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza con quien se casó en 1802.  ¡A la nobleza criolla les gustaba nombres largos y tendidos!  Uno creería que en tiempos modernos esa costumbre, especialmente entre gentes de menor alcurnia, hubiese desaparecido.  Pero no es así, todavía ocurre —tal vez con menos frecuencia.

El escritor Gabriel García Márquez como primogénito fue bautizado Gabriel José de la Concordia García Márquez.  De “la Concordia” fue agregado para ayudar a reconciliar a su madre Luisa con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía y su esposa Tranquilina, quienes se habían opuesto al matrimonio de Luisa con Gabriel Eligio García, el padre del escritor.  Gabriel Eligio era un simple telegrafista, hijo de una mujer soltera, conservador o del partido opuesto del coronel y su esposa, y mujeriego así que los Márquez no lo podían considerar el hombre más adecuado para su hija.  Afortunadamente, el escritor fue conocido familiarmente y por sus amigos como Gabito (el nombre que los sirvientes guajiros  del coronel le habían dado), o por su apócope Gabo, desde que Eduardo Zalamea Borda, subdirector del diario El Espectador, donde el escritor trabajó, comenzara a llamarlo así.

El verdadero nombre de Juan Rulfo era Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.  El apellido de su padre era Pérez y el de su madre Rulfo.  El escritor fue huérfano de padre a los siete años y su madre muere cuatro años más tarde, y él adopta el apellido de Rulfo a petición de su abuela María Rulfo, quien tuvo siete mujeres y un solo varón que murió soltero y sin descendencia. Para evitar que se perdiera el apellido la abuela Rulfo le pidió a sus nieto que lo adoptara. Me parece una buena razón y un buen agradecimiento a los abuelos de Juan Rulfo quienes cuidaron de él después de la muerte de sus padres.

La famosa poetisa Chilena Gabriela Mistral fue conocida como la maestra Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayag, hasta cuando presentó por primera vez sus versos a un concurso nacional.  Desde entonces utilizó el seudónimo literario Gabriela Mistral en casi todos sus escritos, en homenaje a dos de sus poetas favoritos, el italiano Gabriele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.  Muy entendible el uso de ese seudónimo, pero el que es difícil de explicar el de Pablo Neruda, el otro poeta chileno famoso, quien fue bautizado Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto.  El mismo poeta tuvo dificultad en explicar como había adquirido el nombre de Pablo Neruda.  Para él la razón principal por la cual cuando joven empezó a usar  el seudónimo fue el de ocultar sus publicaciones de poemas que disgustaban a su padre, quien consideraba ser poeta de poco valor práctico y de futuro incierto.  Aun cuando el nombre Pablo Neruda suena más chileno, hay algunos que dicen que lo tomó del escritor checo Jan Neruda.  Al respecto en El origen del seudónimo de Pablo Neruda el autor dice:

Pablo Neruda nunca quiso aclarar aquello de su nueva identidad como Pablo Neruda, que adoptó siendo casi un niño, a manera de nombre poético. Muchas veces le preguntaban el origen de esa forma de “apellidarse”, y solía contestar con evasivas, dejando aún más enredado el caso. Existen varias historias -o mejor llamémoslas hipótesis- al respecto. Se ha dicho, no una vez, sino cientos, que él mismo tomó el nombre del escritor checo Jan Neruda, acuciado por la necesidad de enmascarar su propia identidad ante la fobia que su padre le tenía a poetas y escritores. Don José del Carmen Reyes Morales, campesino primero, trabajador ferroviario más tarde, hombre de pocas razones, no quería tener un “artista en la familia; eso jamás”. Sin embargo, lo concreto es que cuando el joven Eliecer Neftalí Reyes Basoalto comienza a autonombrarse Pablo Neruda, allá por finales de 1920, él ni siquiera conocía la existencia del escritor checo Jan Neruda, de quien se dice tomó su apellido. De aquí parten las dudas y nacen las especulaciones sobre tan orejudo tema.

 

Borges y el Big-Data

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Al escritor Argentino Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) siempre le gustaron los temas esotéricos. Fue jugador de ajedrez, le fascinaba el budismo, y siempre buscaba historias con un fondo futurista.

La revolución digital que estamos viviendo empezó en 1948 y fue en la década de 1980 que empezó lo que ahora reconocemos como la internet. Lworld wide web se introdujo diez años después.  Es así curioso que Borges en su historia “La biblioteca de Babel,” publicada en 1941, pinte algo que se parece en gran parte a la internet y al web. En el artículo “Jorge Luis Borges y el Big Data: el conocimiento desbordado” de octubre del 2016 en el El Comercio de Perú el autor Oscar Bermeo Ocaña describe la biblioteca de Babel así:

Una interminable biblioteca de galerías hexagonales enlazadas, un libro que no tiene principio ni fin, un laberinto cuyas bifurcaciones no dejan de multiplicarse. El lenguaje borgeano guarda una serie de metáforas que juegan con el conocimiento infinito, con la totalidad de saberes y la apremiante imposibilidad de acceder a todos ellos.

La Wikipedia, un engendro que la hizo posible la internet y el web exhibe con precision el sentimiento de Borges  de un “lugar que albergue el conocimiento universal” como enciclopedia virtual que contiene más de 40 millones de artículos en 292 idiomas. Su reciente director Patricio Lorente dice:

Contiene la mayor colección de información ordenada y sistematizada de la historia … El crecimiento de la información en Internet no tiene límites. Siempre habrá lagunas por completar. Se puede traer también la metáfora de ‘El libro de arena’, un cuerpo infinito donde entre dos páginas aparece siempre otra. Nunca es posible encontrar la página exacta.

Mis intereses técnicos en información y procesamiento de voz fueron recompensados con el siguiente párrafo:

Sin embargo, quien llevó la premonición borgeana a una forma obsesivamente exacta no tiene la prensa de Wikipedia. Jonathan Basile, un filósofo estadounidense de 30 años fanático del autor argentino, dedicó seis meses a diseñar un algoritmo que permite reproducir cualquier texto imaginable en la lengua occidental. Ante la dificultad de ser recreada físicamente, el monstruoso conocimiento anunciado por Borges cobró vida en la materialidad digital. Como en el relato “La biblioteca de Babel”, que describía un lugar donde estuviesen escritas todas las combinaciones del alfabeto, al ingresar al portal http://www.libraryofbabel.info podremos buscar palabras en un sinfín de páginas que tienen todas las mixturas posibles de 29 signos ortográficos (el abecedario, el punto, la coma y el espacio).

Yendo al portal indicado me encontré con un procedimiento que genera texto por medio de combinaciones aleatorias de los 29 signos ortográficos occidentales.  Entusiasmado por la inmensa cantidad de información, instalé en mi IPad la aplicación Natural Read capaz de leer el texto aleatorio creado por el algoritmo de Basile.  Poniendo atención solo a los sonidos generados sin asociarlo con ningún significado me dió la experiencia de lo que el principios de un lenguaje pudo haber sido.

Big Data consiste en la extracción y análisis de información que puede ser utilizada con fines comerciales, técnicos o de otro tipo. Es  así como Google, Facebook y Amazon.com recogen y analizan información en emails, mensajes en redes sociales y en el web con el deseo de utilizarla en sus negocios.   Es también como el concepto de la ‘internet de cosas’ se ha estado desarrollando.  Cisco, General Electric y otras compañías técnicas ven la utilización de la internet del futuro, donde todo tipo de aparato es conectado a la internet y controlado con mínima intervención humana.  Así es como la internet, el web, wikipedia comandados por inteligencia artificial y ayudados por robotes estarán determinando el futuro de nuestro planeta.  El cuento de Borges fue el presagio de Big Data; leerlo crea suficiente incertidumbre, pero pensar en el futuro que actualmente se está generando parece menos claro.

El Negro Raúl …

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El título “El Negro Raúl: Lives and Afterlives of an Afro-Argentine Celebrity (1886-Present)” de un seminario presentado el 28 de Febrero por la historiadora Paulina Alberto, Profesora de la University of Michigan, picó mi interés por varias razones. Por un lado porque en mi primera visita a principios de la década del 90 a Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza no recordaba haber visto argentinos de descendencia africana. Igualmente pasó cuando regresé años más tarde a enseñar en la Universidad de Cuyo, en Mendoza, y en mi segunda visita a Buenos Aires. Lo que si bien recuerdo fue que los habitantes de tugurios al rededor de la universidad tenían rasgos indígenas, posiblemente eran Bolivianos. Otra razón, era el de haber visto en The World Factbook publicado por la CIA la estadística de que en Argentina el 97% de los habitantes son blancos y el resto está conformado por indígenas y otros grupos raciales. Finalmente, el otro hecho que tenia presente fue un artículo relacionado con la política migratoria del nuevo presidente de Argentina que provocó un conflicto con el gobierno boliviano por la apariencia de una ola xenofóbica.

Con esta información incompleta y con ansias de comprender mejor, escuché con gran atención la interesante presentación de la Profesora Alberto. Me enteré entonces de como a principios del siglo XX, Raúl había aparecido de pronto en el radar nacional, en Buenos Aires, sin saber de donde o cómo; de como los “niños de bien” de la aristocracia bonarense lo habían tomado como muñeco para sus crueles travesuras; de como Raúl se agraciaba con sus “benefactores”; de como Raul se había convertido en el personaje de una tira cómica dibujada por un artista reconocido en Argentina y publicada en una revista nacional; de como en la misma forma en que la fama de Raúl había subido vertiginosamente así mismo se había ido al suelo cuando los problemas financieros de los años 30 fueron más apremiantes que ́él; de como falsos obituarios aparecieron en periódicos antes de su muerte; y de como Raúl terminó en un hospital para enfermos mentales donde “definitivamente” murió. En la segunda parte del seminario la profesora explicó las dificultades en obtener fuentes de información que corroboren la historia del Negro Raúl.

Después del seminario, a mi me quedó el deseo de responder a mis propias inquietudes. No solo sobre el Negro Raúl, sino por la suerte de los esclavos africanos llevados a los puertos de Montevideo y Buenos Aires y esparcidos por el Cono Sur en la época colonial española. De cómo los descendientes de estos esclavos se habían vuelto invisibles en el panorama nacional; de qué  influencia habían tenido en el desarrollo del país, y finalmente en si el sentimiento del gobierno actual en Argentina responde a una verdadera situación socio-económica o es más bien una política nacionalista.

Sobre la historia del Negro Raúl pude extender la información dada en el seminario. En la página “Personajes de BAires” en el internet su autor menciona que el nombre de Raúl  era

Raúl Grigera…y que había nacido hacia 1886. Poco se sabe de su origen, aunque decía provenir de una familia de los barrios del Sur, único retoño de un organista de la iglesia Nuestra Señora de Monserrat.

Que Raúl nunca tuvo un trabajo fijo, que una “patota” de niños de bien, incorporaron a Raúl a su juerga de crueles trucos. Que lo vistieron como un “perfecto dandy” fumando enormes cigarros habanos y lo hicieron desfilar por una de las avenidas principales de Buenos Aires vestido con un frac gigantesco y un letrero que decía “se alquila.” Y que en otra ocasión

… lo encerraron en un ataúd y lo cargaron en un tren, remitiéndolo como regalo bajo el cartel de FRÁGIL a las tías de uno de los juerguistas, quienes vivían en el balneario. Grande fue el susto cuando, al abrir el cajón, vieron emerger la figura del moreno, medio asfixiado y vestido con su ropa de gala.

Finalmente, la patota se cansó de Raúl, y sin su apoyo financiero la fama del Negro Raúl se fue al suelo y terminó en un hospital para enfermos mentales donde muere en 1955.

El resto de mi busca por información sobre la suerte de los esclavos traídos al Cono Sur se convirtió en una lección de historia (un buen relato sobre los esclavos africanos traídos a Argentina se encuentra acá). Muchos de los esclavos que ingresaron por el puerto de Buenos Aires en el siglo XVIII procedían de regiones en el África occidental y fueron utilizados en la explotaciones mineras y la agricultura. Su número aumentó paulatinamente. Un censo en Buenos Aires en 1778 cuenta aproximadamente 16 mil españoles, 7 mil mulatos y negros, y un millar de mestizos e indios; en 1810, se contaron aproximadamente 23 mil blancos, 10 mil negros y mulatos, y 150 indígenas. En 1840, durante la administración de Juan Manuel de Rosas (1829-1852), se abolió el tráfico de esclavos y durante esta ́época la población negra de Buenos Aires llega al 30%. La esclavitud es oficialmente abolida en Argentina con la reforma constitucional de 1860.

… Después de abolirse la esclavitud los afro-argentinos vivieron en condiciones miserables y discriminados. De los catorce colegios existentes en Buenos Aires en 1857 solo dos admitían niños negros …

En 1887, la población negra era solo un 1.8% del total. Aun cuando la inmigración europea explica más de la mitad del crecimiento de la población argentina en 1960,

… algunos investigadores sostienen que antes que disminución lo que hubo fue un proceso de “invisibilización” de la población afro-argentina y sus raíces culturales. Para principios del siglo XX, el 30% de la población argentina era inmigrante, y de orígenes (entre otros) italianos, españoles, alemanes, o eslavos.

Esto explica en gran parte mis observaciones en mis dos visitas a Argentina.  Mis dos últimas inquietudes sobre la influencia de los Afro-argentinos en el desarrollo del país, y si el sentimiento del gobierno actual en Argentina responde a una verdadera situación socio-económica o nacionalismo me siguen inquietando.